Genocidio camboyano: Pol Pot y los jemeres rojos

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Camboya y los jemeres rojos

Carlos Sardiña – Periodismo Humano

Primera parte:  Justicia tardía

30.07.2010. El pasado lunes se dictó en Phnom Penh la primera sentencia contra un alto cargo de los jemeres rojos, Kaing Guek Eav, alías Duch, director de Tuol Sleng, o S-21, el principal centro de detención de la Kampuchea Democrática. Han tenido que transcurrir tres décadas desde el genocidio camboyano, en el que murieron alrededor de 1,7 millones de personas, para que comience a hacerse justicia en el país asiático.

El tribunal mixto, (nacional e internacional, compuesto por tres jueces camboyanos y dos extranjeros nombrados por la ONU), declaró a Duch culpable de crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra cometidos durante los algo menos de cuatro años en que dirigio el centro de torturas S-21 como el más eficiente de los funcionarios. Unos años en los que ordenó interrogar, torturar y ejecutar a más de 14.000 prisioneros políticos a los que obligaba a redactar unas confesiones que en su mayoría eran falsas y cuya única finalidad real era alimentar las teorías conspirativas y la paranoia de los dirigentes del régimen. Según la perversa lógica que reinaba en la Kampuchea Democrática y en Tuol Sleng la sospecha era sinónimo de culpabilidad y las torturas producían inexorablemente confesiones en las que era necesario dar nombres de nuevos sospechosos, los cuales redactaban a su vez nuevas confesiones que volvían a poner en marcha todo el proceso. Un círculo vicioso que no tenía fin ya que, por definición, los miembros del Gobierno de la Kampuchea Democrática no podían equivocarse al señalar a sus enemigos.

Por esos crímenes Duch ha sido condenado a 35 años de cárcel (cinco menos de los quepedía la acusación), de los cuales se le han descontado los once que ya ha pasado entre rejas desde su detención en 1999 y otros cinco por haber estado ocho años detenido ilegalmente en una prisión militar camboyana. Según la ley camboyana, Duch podría optar a la libertad condicional por buen comportamiento cuando cumpla dos terceras partes de su condena. Sus abogados ya han anunciado que van a recurrir la sentencia.

El tribunal ha tenido en cuenta varios factores atenuantes para imponer una condena limitada en lugar de la cadena perpetua que pedían muchas de las víctimas: la colaboración del acusado con el Tribunal (que podría ser enormemente valiosa durante el próximo juicio), el hecho de que reconociera su responsabilidad en los delitos que se le imputaban, sus muestras de arrepentimiento (aunque este factor perdió fuerza cuando pidió la absolución al final del juicio aduciendo que sólo estaba cumpliendo órdenes), el “ambiente coercitivo” del régimen y el potencial de rehabilitación del reo. La sentencia [pdf] fue aprobada por la mayoría de los jueces que componen el tribunal, con la excepción del francés Jean-Marc Lavergne, que abogaba [pdf] por imponer una pena de 30 años en lugar de 35.

Una sentencia polémica

El fallo no ha estado exento de polémica. Muchos consideran que es demasiado leve teniendo en cuenta los crímenes del acusado, una opinión que ha resaltado gran parte de la prensa internacional. Algunas víctimas, entre ellas Chum Mey, uno de los pocos supervivientes de la prisión, expresaron su indignación ante el hecho de que Duch pueda volver a ser un hombre libre algún día y el ministro de Asuntos Exteriores camboyano, Hor Namhong, calificó la sentencia de excesivamente benévola. Según The Phnom Penh Post la reacción de los camboyanos ha sido ambivalente, probablemente más de lo que los medios extranjeros han dado a entender. Otro superviviente de S-21, el pintor Vann Nath, declaró que aceptaba el veredicto y lo calificó de “justo”. El periodista camboyano Thet Sambath, co-director del documental Enemies of the People y cuyos padres y hermano murieron a manos de los jemeres rojos, publicó el martes un artículo en The Guardian en el que defendía la sentencia y afirmaba que la justicia no debe ser “vengativa”.

Según el experto en derecho internacional y asesor legal del Centro de Documentación de Camboya John C. Ciorciari, el tribunal ha celebrado un juicio justo, ha establecido la culpabilidad del acusado de forma admirable y ha intentado imponer a Duch una pena razonable, en una sentencia que iba a suscitar polémica de todos modos. No obstante, Ciorciari advierte que el tribunal debe introducir mejoras en el papel que desempeñan las partes civiles y en la cuestión de las reparaciones a las víctimas.

Éste es el primer tribunal internacional que permite participar a las víctimas como partes civiles. A través de la Unidad de víctimas pueden hacer peticiones a los fiscales, tomar parte en las investigaciones o intervenir en el proceso haciendo preguntas al acusado y citando a testigos. También pueden exigir compensaciones “morales y colectivas”. En este último punto, el tribunal se ha limitado a acceder a la petición de incluir los nombres de las partes civiles en la sentencia y su vinculación con el caso y de publicar todas las declaraciones de disculpa hechas por Duch a lo largo del juicio. El tribunal rechazó el resto de peticiones, que incluían la financiación de programas de educación sobre los crímenes cometidos durante el régimen de los jemeres rojos o la construcción de pagodas en recuerdo de las víctimas, aduciendo que no eran de su competencia, lo que ha decepcionado profundamente a las partes civiles. Además, muchas de las 93 víctimas que participaron en el proceso no han sido reconocidas como partes civiles en la sentencia.

Duch no formaba parte de la cúpula dirigente de los jemeres rojos y era básicamente un alto funcionario que no tenía poder para determinar las políticas del régimen, por lo que, en cietrto modo, el verdadero juicio a los jemeres rojos aún no ha comenzado. Se trata del caso 002, que se prevé que comience el año que viene, contra los máximos líderes del régimen: Nuon Chea (el “hermano número dos”, ideólogo del movimiento y el líder de los jemeres rojos de más alto rango que queda con vida), Ieng Sary (vice primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores de la Kampuchea Democrática), Ieng Thirith (mujer del anterior y ministra de Asuntos Sociales) y Khieu Samphan (presidente del Presidium del Estado). Teniendo en cuenta la lentitud del proceso judicial, la edad de los acusados (todos ellos octogenarios) y su negativa a admitir sus crímenes y a colaborar con el Tribunal (al contrario que Duch), el próximo juicio se presenta más complicado que el anterior, sobre todo debido a la posibilidad de que los reos mueran antes de que finalice.

Un tribunal complejo con una larga historia

Las Salas Especiales en los Tribunales de Camboya, el tribunal mixto auspiciado por la ONU encargado de juzgar los crímenes de guerra, los crímenes contra la humanidad y el genocidio perpetrados por el régimen de la Kampuchea Democrática entre el 17 de abril de 1975 y el 7 de enero de 1979, se instituyeron oficialmente a principios de 2006, pero la primera vista del juicio no se celebró hasta febrero del año pasado. El Tribunal mixto se instauró definitivamente tras nueve años de arduas negociaciones entre el Gobierno camboyano y las Naciones Unidas, que dieron comienzo cuando en 1997 los entonces dos primeros ministros de Camboya solicitaron ayuda a la ONU para organizar un proceso contra los líderes de los jemeres rojos, nueve años en los que tanto la ONU como el Gobierno de Camboya trataron de asumir el mayor control posible del tribunal en un clima de desconfianza mutuo y en medio de una situación interna sumamente inestable.

El funcionamiento del tribunal se ha visto obstaculizado por problemas de corrupción y deescasez de fondos. La estructura mixta del Tribunal, y el hecho de que se base tanto en el ordenamiento jurídico camboyano como en el derecho internacional, complican enormemente el proceso. Además, se ha acusado al Gobierno camboyano de interferir en el juicio. El año pasado, el primer ministro Hun Sen se opuso a que el tribunal juzgara a más acusados de los cinco previstos, alegando que tratar de detener a más dirigentes podría desencadenar una guerra civil. El fiscal de la parte internacional, el canadiense, Robert Petit, trató de encausar a seis altos cargos más cuya identidad no se ha revelado. La fiscal camboyana, Chea Lean, se opuso rotundamente a que se realizaran nuevas investigaciones para no poner en peligro el proceso de reconciliación nacional y amparándose en el “espíritu de la ley” que regula el tribunal.

La cuestión del número de acusados ha sido y continúa siendo objeto de una gran polémica. En un principio, el Tribunal está capacitado para juzgar a los “principales líderes del régimen con mayor responsabilidad en los crímenes cometidos”, lo que no acota el número de posibles reos.

El poder de la Kampuchea Democrática lo detentaba el Comité Permanente del Partido Comunista de Kampuchea, formado por 11 miembros. Además, había varios miembros del partido candidatos al Comité. Ambas categorías incluían a unas 20 personas, de las cuales han muerto todas excepto los cinco acusados, que ocupabaan los puestos segundo (Nuon Chea), tercero (Ieng Sary), noveno (Kieu Samphan) y undécimo (Khieu Thirith) en la jerarquía del régimen, además de Duch [véase el libro The Pol Pot Regime, de Ben Kiernan, el estudio más completo sobre el régimen de la Kampuchea Democrática].

Nadie niega que algunos antiguos jemeres rojos ocupan puestos de responsabilidad en el actual Gobierno y  el ejército camboyano, y no cabe ninguna duda de que ésa es una de las razones por las que el primer ministro Hun Sen se opone a que se juzgue a más personas, pero a menudo se exagera esa acusación hasta límites absurdos. En numerosas ocasiones los medios de comunicación mencionan de manera bastante maliciosa que el propio Hun Sen fue un oficial del ejército de los jemeres rojos e incluso Human Rights Watch se ha referido a él como un “comandante de los jemeres rojos”, sin más explicaciones, en un comunicado de prensa en el que criticaba la injerencia del Gobierno camboyano en el tribunal.

Lo que esos medios o Human Rights Watch olvidan mencionar es que Hun Sen, que perdió un ojo combatiendo con los jemeres rojos al régimen de Lon Nol respaldado por Estados Unidos, por lo que no pudo participar en la toma de Phnom Penh en 1975, huyó a Vietnam en 1977 junto a Heng Samrin y otros oficiales que dos años después participarían en la liberación de Camboya del yugo de los jemeres rojos junto al ejército vietnamita, poniendo fin al genocidio perpetrado por Pol Pot y los suyos. Según el especialista Ben Kiernan, no existe prueba alguna de que participasen en matanzas masivas de civiles esos oficiales de las regiones orientales del país, una zona en la que las condiciones eran mucho mejores que en otras partes del país hasta que a partir de finales de 1976 fueron destinados allí oficiales más leales a Pol Pot procedentes de otras regiones. Es cierto que desde que Hun Sen fue nombrado primer ministro en 1985 su Gobierno se ha vuelto cada vez más dictatorial y ha puesto literalmente el país en venta a costa de los sectores más pobres, pero acusarle de ser un jemer rojo es simplemente absurdo.

En ese sentido, probablemente la ONU y la llamada “comunidad internacional” tengan mucho más que callar que Hun Sen. Empeñados a negarse a reconocer al Gobierno instalado en Phnom Penh por los vietnamitas en 1979, Estados Unidos, China, Gran Bretaña y los países de la ASEAN se aseguraron de que el asiento de Camboya en las Naciones Unidas lo ocupara el representante de los jemeres rojos mientras proporcionaban apoyo económico, político y militar a los genocidas que se habían refugiado en la selva camboyana, unto a la frontera tailandesa, un tema que trataremos en otro artículo.

Las críticas al Gobierno camboyano de corrupción e injerencia política en los juicios son perfectamente legítimas, pero están teñidas de hipocresía y tienen una enrome carga neocolonial si no se menciona el vergonzoso papel que desempeñó durante años la otra parte del tribunal, la ONU y la “comunidad internacional”, los verdaderos culpables de que no se haya comenzado hasta ahora a administrar la justicia que el pueblo y el Gobierno camboyanos han estado exigiendo desde que finalizó el genocidio hace más de treinta años.

Segunda parte: El régimen de Pol Pot

La primera sentencia contra un alto cargo del régimen de los jemeres rojos, el director de la prisión S-21, Duch, ha vuelto a poner de actualidad uno de los episodios más trágicos de la historia contemporánea: el genocidio que tuvo lugar en Camboya entre abril de 1975 y enero de 1979,  en el que se calcula que murieron alrededor de 1,7 millones de camboyanos, aproximadamente una quinta parte de la población total, debido a las ejecuciones masivas y al exceso de trabajo, el hambre y las enfermedades.

Treinta años después de la caída del régimen de los jemeres rojos y menos de un decenio después de la muerte de Pol Pot, ambos siguen ocupando un lugar destacado en el imaginario colectivo como símbolos del mal absoluto y la barbarie totalitaria en un siglo en el que abundaron los genocidios. Pero, ¿quiénes eran realmente los jemeres rojos? ¿Cómo llegaron al poder? ¿En qué consistían sus políticas? ¿Quiénes eran sus víctimas, sus enemigos y sus aliados?

Los orígenes del partido

En 1951, en plena lucha contra el Gobierno colonial francés y dos años antes de la independencia de Camboya, el Partido Comunista de Indochina, presidido por Ho Chi Minh, fue dividido en tres partidos nacionales supuestamente independientes: el vietnamita, el camboyano y el laosiano. El principal objetivo de aquellos partidos clandestinos férreamente controlados por los vietnamitas era apoyar la lucha de liberación de Vietnam contra el imperialismo francés y, más tarde, contra la intervención estadounidense en Indochina.

Por aquella época un joven camboyano perteneciente a una próspera familia de propietarios, Saloth Sar, al que con el tiempo se conocería como Pol Pot, estudiaba una diplomatura en radioelectricidad en París gracias a una beca del Gobierno francés. En París, Sar se afilió al Partido Comunista Francés y conoció a otros estudiantes camboyanos, como Ieng Sary o Son Sen, que más tarde ocuparían altos cargos en la Kampuchea Democrática. Tras su vuelta a Indochina, todos ellos se afiliaron al Partido Comunista de Camboya y formaron una facción, opuesta a los veteranos provietnamitas del partido, que poco a poco se haría con las riendas del mismo.

En 1954 se celebró la Conferencia de Ginebra tras la victoria del Vietminh contra los franceses en la batalla de Dien Bien Phu. Los Acuerdos de Ginebra reconocían la plena independencia de Camboya y Laos y dividían provisionalmente Vietnam en dos países independientes: la República Democrática de Vietnam en el norte y el Estado de Vietnam en el sur .

Según los acuerdos, ambos países debían celebrar  en el plazo de un año un referéndum para decidir si se unían, pero aquella consulta nunca llegó a realizarse. Estados Unidos, que se había negado a firmar los acuerdos de Ginebra [pdf], se aseguró de impedirlo y apoyó al Gobierno dictatorial del sur, lo que desencadenaría la segunda guerra de Indochina entre la República Democrática de Vietnam y el Frente de Liberación de Vietnam en un bando y Estados Unidos y los diferentes gobiernos títeres de la República de Vietnam en el otro. En una de las mayores y más trágicas ironías de la historia, Vietnam habría de luchar por la emancipación de todo su territorio contra el país cuya declaración de independencia había leído Ho Chi Minh en septiembre de 1945 para proclamar la independencia del suyo.

En 1960, el Partido de los Trabajadores de Vietnam convocó un congreso en Hanoi en el que decidió “liberar el Sur” del “Imperialismo estadounidense y sus secuaces”. Dos semanas después, el Partido Comunista de Camboya celebró un congreso secreto en Phnom Penh en el que se nombró un nuevo Comité Central formado por Pol Pot, Nuon Chea, Ieng Sary y otros diecinueve miembros, y se rebautizó el partido como Partido de los Trabajadores de Kampuchea. Pese a que el partido siguió cumpliendo las órdenes de Hanoi al menos durante doce años más, a partir de aquel momento el control estuvo en manos de la facción de Pol Pot y el “grupo de París”. De hecho, la historiografía oficial de la Kampuchea Democrática sostendría que el partido fue fundado en aquel momento, eliminando de un plumazo sus nueve años anteriores de existencia y se castigaría con la muerte a quien osara afirmar que había sido fundado en 1951.

El auge de los jemeres rojos

A lo largo de la guerra de Vietnam, el Gobierno camboyano del príncipe Norodom Sihanouk adoptó una política de neutralidad. Estados Unidos interpretó aquella neutralidad como un apoyo encubierto a los comunistas, que utilizaban el territorio camboyano para transportar armas de la República Democrática de Vietnam a Vietnam del Sur a través de la célebre “Ruta Ho Chi Minh” , mientras Sihanouk combatía de forma despiadada cualquier tipo de oposición, especialmente la del Partido de los Trabajadores de Kampuchea, a cuyos miembros bautizó como khmer rouge (jemeres rojos en francés).

En 1970, el general Lon Nol dio un golpe de Estado en Camboya, probablemente con la aquiescencia de Estados Unidos, expulsó del poder al príncipe Sihanouk y anunció que combatiría con todas sus fuerzas a los vietnamitas que utilizaran el territorio camboyano como santuario o para abastecer al Vietcong. Sihanouk se unió a sus antiguos enemigos, los jemeres rojos, e hizo un llamamiento al campesinado para que se uniera a la guerrilla.

Estados Unidos, por su parte, llevaba realizando bombardeos selectivos e incursiones secretas en territorio camboyano desde 1965. En 1969, el presidente Richard Nixon decidió intensificar los ataque aéreos y utilizar aviones B-52 en una brutal campaña de bombardeos de saturación. Sin informar al Congreso de Estados Unidos acerca de las operaciones, Nixon ordenó al ejército utilizar “cualquier cosa que vuele contra cualquier cosa que se mueva” [pdf]. Entre 1969 y 1973, cuando el Congreso decidió poner fin a la operación, Estados Unidos bombardeó de forma masiva el campo y los pueblos del este de Camboy,a matando a cientos de miles de civiles.

Durante aquellos años, Estados Unidos lanzó un total de 2.756.941 de toneladas de bombas sobre territorio camboyano. Para hacerse una idea de lo que supone esa cifra en un país tan pequeño como Camboya hay que tener en cuenta que, durante toda la segunda guerra mundial, los aliados lanzaron en total algo más de dos millones de bombas, incluidas las de Hiroshima y Nagasaki.

En un principio, el objetivo de los bombardeos era impedir los suministros al Vietcong. Después, se utilizaron para detener el avance de los jemeres rojos contra las tropas de Lon Nol, un avance que, paradójicamente, se vio propulsado de forma decisiva por los bombardeos, ya que gran parte de la población se unió a la insurgencia precisamente como reacción a estos. Antes de que comenzasen, los jemeres rojos sólo  contaban con varios miles de hombres. En 1973, cuando finalizaron los bombardeos, tenían un ejército de más de 200.000 milicianos (una historia que probablemente se esté repitiendo en Afganistán y Pakistán). El propio Hun Sen, actual primer ministro de Camboya, ha declarado que se unió a la insurgencia debido a la intervención estadounidense en su país. El 17 de abril de 1975 tomaron Phnom Penh y vencieron definitivamente a Lon Nol, que había huido de la capital del país dos semanas antes con rumbo a Hawai. La victoria de Pol Pot supuso el fin de la guerra civil que había devastado el país,  pero lo peor estaba por llegar.

La Kampuchea Democrática

Inmediatamente después de tomar la capital del país, los líderes de los jemeres rojos dieron la orden de evacuarla completamente junto a otras ciudades. La evacuación de los dos millones de habitantes de Phnom Penh se produjo en muy pocos días y en ella murieron unas veinte mil personas, muchas de ellas a causa del agotamiento provocado por las largas caminatas y muchas otras ejecutadas, sobre todo ex funcionarios y soldados del régimen anterior.

La evacuación de las ciudades permitió al Gobierno de los jemeres rojos ejercer un control mayor sobre la población. Aquellos líderes, en su mayor parte eran urbanitas de clase media sin apenas experiencia en las labores del campo, pretendían construir una utopía agrícola que acabaría por destruir la forma de vida y los valores del campesinado (la familia o la religión budista). En seguida dividieron a la población en dos categorías: la “gente de base”, los campesinos que vivían en las zonas controladas por el partido antes de la toma de Phnom Penh, y la “gente nueva”, los habitantes de las ciudades controladas por el Gobierno de Lon Nol, a los que acusaban de profesar unos valores burgueses y explotar a los campesinos.

A principios de 1976, el Gobierno central puso en marcha un plan cuatrienal para imponer rápidamente su idea del socialismo en Camboya. Abolió la propiedad privada, la religión y el dinero, desmanteló completamente los sistemas educativo y judicial, y redujo la sociedad camboyana a una serie de cooperativas sometidas a un férreo control: la población debía trabajar de sol a sol para cumplir unas cuotas de producción totalmente disparatadas.

A partir de antiguas leyendas sobre el sistema de riego del imperio jemer de Angkor, Pol Pot estableció unos objetivos de producción de tres toneladas de arroz por hectárea. Cuando las cooperativas no conseguían cumplir las cuotas, se acusaba con frecuencia a los responsables eran acusados de tratar de sabotear el proyecto socialista de la Kampuchea Democrática y se les detenía y ejecutaba.

Además, el Gobierno central aplicó una política de “jemerización” y uniformidad étnica total. El uso de cualquier otro idioma que no fuera el jemer estaba penado con la muerte y las principales minorías étnicas del país sufrieron una feroz persecución. Las principales víctimas de aquella limpieza étnica fueron los vietnamitas (que fueron totalmente eliminados), los cham musulmanes y, en menor medida, los chinos.

La característica más notable del Gobierno de la Kampuchea Democrática era el secretismo. El Gobierno central (llamado Angkar) no hizo pública la identidad, del primer ministro, un “trabajador de una plantación de caucho” llamado Pol Pot, hasta abril de 1976,  y éste no aparecería ejn público por primera vez hasta finales de septiembre del año siguiente, cuando fue recibido en Pekín con todos los honores por los más altos dignatarios del principal aliado de la Kampuchea Democrática, China. Fue entonces cuando algunos observadores identificaron a Pol Pot como Saloth Sar.

Se ha discutido mucho sobre la ideología de los jemeres rojos. Pol Pot no escribió ninguna declaración de principios sistemática como el Libro Rojo de Mao. Pese a que afirmó en una de las pocas entrevistas que concedió que no se habían basado en ningún modelo para construir su nueva sociedad, es probable que ejercieran una gran influencia la China comunista de Mao (que Pol Pot visitó a mediados de los sesenta),  su “gran salto adelante” y su “revolución cultural”, aunque había importantes diferencias entre las revoluciones de ambos países y más que un modelo a imitar, se considerase el maoísmo una doctrina que debía ser corregida y superada.

Según el especialista Ben Kiernan, quizá la máxima autoridad mundial sobre la Kampuchea Democrática, las características que mejor definen la ideología del “polpotismo” [pdf] son, además del comunismo, la xenofobia y un nacionalismo primitivo y feroz que, unidos a ciertos mitos sobre el antiguo esplendor del imperio jemer y a la larga historia de enfrentamientos con sus vecinos (Tailandia y, sobre todo, Vietnam), acabarían desembocando en un genocidio.

Guerra entre antiguos compañeros de armas

Dos semanas después de la caída de Phnom Penh las tropas de Vietnam del Norte liberaron Saigón. Las relaciones entre los partidos comunistas de Vietnam y de Camboya se habían ido deteriorando progresivamente desde el principio de la guerra civil camboyana y cuando ambos alcanzaron sus objetivos, la colaboración entre ellos  dejó de ser necesaria y afloraron viejas y enquistadas rencillas entre los dos países. El conflicto acabaría desembocando en una guerra abierta cuando, a partir de 1977, Camboya lanzó una serie de ataques, en los que murieron decenas de miles de civiles vietnamitas, para “liberar Kampuchea Krom” [doc], la regíon meridional de Vietnam, un territorio que según los jemeres había pertenecido a Camboya durante dos mil años y cuya recuperación era uno de los principales objetivos declarados la revolución. De hecho, la economía estaba puesta al servicio de la guerra y una gran parte de los beneficios obtenidos de la exportación de arroz (sobre todo a China y Corea del Norte) se invirtieron en comprar armamento a China para librarla.

La guerra también afectó al equilibrio de poder interno en la Kampuchea Democrática cuando, en 1977, el Gobierno central inició una serie de purgas masivas entre los altos mandos del ejército de las regiones del este del país antes de los ataques contra Vietnam. Muchos de aquellos militares acabarían sus días en la prisión S-21 de Phnom Penh, torturados y asesinados tras confesar sus crímenes, reales o imaginarios, contra la Kampuchea Democrática. Otros, como el actual primer ministro de Camboya, Hun Sen, huyeron a Vietnam y lucharon contra los jemeres rojos.

A finales de 1977, la Kampuchea Democrática puso fin a las relaciones diplomáticas con Vietnam. La guerra se fue reecrudeciendo hasta que en diciembre de 1978 Vietnam lanzó su gran ofensiva final contra Camboya con la ayuda de antiguos miembros de los jemeres rojos liderados por Heng Samrin y Hun Sen. El 7 de enero de 1979, los vietnamitas lograron conquistar la mayor parte del país y tomar Phnom Penh. Pol Pot y los demás líderes huyeron a la selva del oeste del país. Pese a la propaganda antivietnamita y a la eterna hostilidad entre ambos países, por la mayor parte del pueblo camboyano los recibió como libertadores. Sin embargo, no supuso el final de los jemeres rojos: los responsables de uno de los mayores genocidios de la historia contaban con poderosos aliados en la comunidad internacional, un tema que abordaremos próximamente.

Tercera parte – Los poderosos aliados de Pol Pot

El 26 de noviembre de 1975, siete meses después de que los jemeres rojos tomaran Phnom Penh, el secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger y el ministro de Asuntos Exteriores tailandés Chatchai Chunhawan mantuvieron un “almuerzo informal” en la residencia del primero en Washington. Durante la conversación, Kissinger le pidió a Chatchai que les comunicara a los jemeres rojos que Estados Unidos, su antiguo enemigo, ahora quería ser su “amigo” [pdf] y añadió: “son unas bestias asesinas, pero no dejaremos que eso se interponga entre nosotros, estamos dispuestos a mejorar nuestras relaciones con ellos”. Además, Kissinger expresó su deseo de que Laos y Camboya se mantuvieran en la órbita china y actuaran como un “contrapeso” a Vietnam (y su principal aliado, la Unión Soviética) en la región.

Aquélla conversación extraoficial, que no se haría pública hasta 2004, contiene algunas de las claves que explican las políticas que los diversos gobiernos de Estados Unidos, China, Tailandia y otros países adoptarían con respecto a Camboya y los jemeres rojos durante los siguientes tres decenios. Aquellas políticas, en las que primaban ante todo los intereses geoestratégicos de las grandes potencias, fueron las que  hicieron posible la guerra civil que se prolongó en Camboya durante varios años tras la caída del régimen de Pol Pot y que no se haya juzgado a ningún alto cargo de los jemeres rojos hasta ahora.

El 7 de enero de 1979 el ejército vietnamita, con la ayuda de algunos desertores camboyanos liderados por Heng Samrin, tomó Phnom Penh tras una rápida ofensiva en Camboya. La Kampuchea Democrática de los jemeres rojos había llegado a su fin y se instaurauba la República Popular de Kampuchea con Heng Samrin como presidente. Aunque las tropas de Pol Pot sufrieron una aplastante derrota que en condiciones normales hubiera supuesto su final, pudieron recuperarse gracias a las ingentes cantidades de ayuda económica y militar que recibieron y que les permitieron librar una guerra contra el Gobierno de Samrin (y después el del actual primer ministro Hun Sen) durante años.

En el contexto de la guerra fría y tras la humillante derrota de Estados Unidos en Vietnam, los jemeres rojos pudieron sacar partido a una situación internacional sumamente propicia. La “ruptura chino-soviética”, que enfrentó a las dos principales potencias comunistas, se había consumado a finales de los sesenta y Estados Unidos y China habían iniciado un proceso de acercamiento que había comenzado a consolidarse con la espectacular visita del presidente Richard Nixon a China en 1972, durante la cual fue recibido por Mao Zedong. Al mismo tiempo, China estaba mejorando sus relaciones con los países del Sudeste Asiático pertenecientes ala ASEAN, especialmente con Tailandia, el principal aliado de Estados Unidos en la zona.

Los jemeres rojos de Pol Pot eran los más firmes aliados de China en la Indochina de los años setenta, mientras que Vietnam trataba de mantener un precario equilibrio entre la Unión Soviética y China, ya que ambos le habían ayudado en su guerra contra Estados Unidos. Cuando la guerra finalizó en 1975, Vietnam intentó normalizar sus relaciones con Estados Unidos, pero éste se negó a cumplir las vagas promesas que había hecho Nixon en 1973 de ayudarle a reconstruir el país y ese acercamiento no llegó a producirse. Tras más de tres décadas de guerra, Vietnam necesitaba ayuda urgentemente para poner la economía del país en marcha; China no podía proporcionársela y Estados Unidos se negaba a hacerlo, por lo que hubo de recurrir a la Unión Soviética, lo que le pondría en contra a las otras dos grandes potencias.

Cuando Vietnam inició la invasión de Camboya a finales de 1978, China, Estados Unidos y Tailandia dedujeron que todos sus temores habían estado fundados. Según ellos, la invasión demostraba que: (1) la URSS quería extender su influencia en todo el mundo, lo que preocupaba especialmente a China y Estados Unidos, (2) la “teoría del dominó” que había servido como justificación de la intervención norteamericana en Indochinaera  correcta, lo que suponía una legitimación a posteriori de la guerra de Vietnam para quienes seguíabn defendiéndola en Estados Unidos y (3) el verdadero propósito de Vietnam era crear una Federación Indochina y dominar Laos y Camboya, lo que preocupaba especialmente a Tailandia, enemigo histórico de Vietnam.

Ninguno de ellos tuvo en cuenta ni el carácter genocida del régimen de Pol Pot ni el hecho de que la invasión era una respuesta a los brutales ataques contra territorio vietnamita que el ejército camboyano llevaba lanzando desde al menos 1977, en los que habían muerto miles de campesinos vietnamitas, que el Gobierno de Vietnam había tratado de negociar una salida pacífica al conflicto con su antiguo aliado Pol Pot, ni que Vietnam nunca había tenido intención alguna de crear una Federación Indochina, ya que después de la guerra su único objetivo era emprender la reconstrucción de una economía devastada. [Véase el libro Red Brotherhood at War: Vietnam, Cambodia and Laos since 1975, de Gran Evans y Kelvin Rowley]

Tergiversando o ignorando algunos hechos cruciales para que la situación encajara con sus respectivos prejuicios e intenciones, China, Estados Unidos, Tailandia y otros muchos países decidieron que Vietnam era el país agresor de un estado soberano y legítimo (cuyo régimen dos de ellos habían combatido tan sólo cinco años antes) y que era necesario expulsarlo a cualquier precio de Camboya, sin importarles que ese precio pudiera ser volver a otorgar el poder a los genocidas jemeres rojos.

Manteniendo con vida a los jemeres rojos

Como cabía esperar, el Gobierno chino, el principal patrocinador de Pol Pot desde hacía años y su mayor fuente inspiración ideológica, fue el principal proveedor de armamento y ayuda económica de los jemeres rojos durante los años de la guerrilla tras la caída de la Kampuchea Democrática y además emprendió una breve guerra contra Vietnam en febrero de 1979. El objetivo de aquella guerra, que consistió en una serie de brutales ataques contra el norte de Vietnam a lo largo de toda la frontera con China en los que murieron decenas de miles de civiles, no era otro que “dar una lección” a su vecino del sur como represalia por la invasión de Camboya y los maltratos infligidos a los habitantes chinos de Vietnam tras la toma de Saigón cuatro años antes.

Mientras tanto, Tailandia ofrecía su territorio a los jemeres rojos para que se reagruparan y establecieran campamentos desde los que pudieran lanzar sus ataques contra el régimen de Heng Samrin. Además, la colaboración con la guerrilla resultó ser sumamente lucrativa para muchos tailandeses, que se enriquecieron enormemente con el comercio transfronterizo, especialmente cuando los jemeres rojos lograron apoderarse de la provincia de Pailin, rica en piedras preciosas. Tailandia colaboró con Pol Pot pese a que sus tropas habían emprendido numerosas incursiones en las provincias orientales de Tailandia (cuya población es mayoritariamente jemer) durante el periodo de la Kampuchea Democrática, incursiones que el Gobierno tailandés atribuyó a “elementos descontrolados” de los jemeres rojos, exonerando así al Gobierno central camboyano.

Otro importante aliado de los jemeres rojos durante años, quizá el más relevante desde el punto de vista diplomático, fue Estados Unidos. Según el periodista australiano John Pilger, el Gobierno estadounidense proporcionó a las guerrillas de Pol Pot [pdf] 85 millones de dólares entre 1980 y 1986. Además, Estados Unidos creó el Kampuchean Emergency Group (KEG) para controlar la distribución de ayuda humanitaria occidental en los campos de refugiados en Tailandia, la mayoría de los cuales estaban férreamente controlados por los jemeres rojos. En 1980, por ejemplo, Estados Unidos presionó al Programa Mundial de Alimentos para que donara alimentos por valor de 12 millones de dólares al ejército tailandés para que éste se los entregara a los jemeres rojos; según Richard Holbrooke, que había trabajado como asesor del secretario de Estado para Asia, se beneficiaron de aquella ayuda entre 20.000 y 40.000 jemeres rojs.

Al mismo tiempo que Estados Unidos utilizaba la ayuda humanitaria como un instrumento político para fortalecer a sus aliados, el presidente Jimmy Carter acusaba a Vietnam de matar de hambre deliberadamente al pueblo camboyano “con objetivos políticos”.  El reparto de la ayuda en Camboya era sumamente difícil: después de una guerra civil y del régimen de la Kampuchea Democrática, era un país destrozado que estaba bajo el control de un país empobrecido que había salido recientemente de una cruenta guerra que había durado más de treinta años y además, tanto Camboya como Vietnam, sufrían un estricto embargo comercial internacional. Por otro lado, la mayoría de los países no reconocían al Gobierno de la República Popular de Kampuchea de Heng Samrin, con la excepción de Vietnam, la Unión Soviética y sus aliados. Heng Samrin y Vietnam tenían toda la razón del mundo en desconfiar de la ayuda que querían prestar unos países que estaban dispuestos a volver a enregar el poder a Pol Pot.

Gracias al apoyo diplomático de potencias como China, Estados Unidos, los países de la ASEAN, Reino Unido (cuyas fuerzas especiales además entrenaron a las guerrillas de Pol Potdurante años) o Australia, los jemeres rojos pudieron conservar el asiento de Camboya en la ONU con el nombre de Kampuchea Democrática. Pero la opinión pública mundial comenzó a tomar cada vez más conciencia de las atrocidades cometidas por el régimen de Pol Pot, por lo que se hizo necesario un lavado de cara. En 1982 se creó el Gobierno de Coalición de la Kampuchea Democrática formada por los jemeres rojos y dos facciones menores no comunistas: el monárquico FUNCINPEC del príncipe Norodom Sihanouk y el Frente Nacional de Liberación del Pueblo Jemer de Son Sann. Aunque oficialmente la coalición estaba presidida por Sihanouk (que ya había sido jefe de Estado durante el primer año de la Kampuchea Democrática), en realidad estaba dominada por los jemeres rojos, que contaban con muchas más tropas sobre el terreno, y seguía ocupando el asiento de la ONU su representante Thiounn Prasith, asesor del ministro de Asuntos Exteriores Ieng Sary durante el régimen de Pol Pot que después residiría en Nueva York al menos hasta finales de los años noventa.

Mientra tanto, la ONU seguía imponiendo embargos comerciales a Camboya y la guerra civil continuaba devastando el país y frenando su desarrollo. Las guerrillas de la coalición llegaron a controlar provincias enteras y todos los bandos sembraron el campo de minas antipersona que todavía matan y mutilan cada año a centenares de camboyanos.

El final de la guerra fría

En 1989, cuando la Unión Soviética había normalizado sus relaciones con China y estaba a punto de implosionar, Vietnam ya no podía permitirse mantener una presencia militar constante en Camboya, por lo que decidió retirarse totalmente del país. Pese al apoyo internacional a los jemeres rojos y al aislamiento del Gobierno, éste consiguió contener a las guerrillas y, dos años después de la retirada de Vietnam, las guerrillas de la oposición sólo controlaban un 10 por ciento del territorio del país. La guerra civil había llegado a un punto muerto. Al mismo tiempo, con la caída de la URSS, Vietnam también tuvo que acercarse a China, que se había convertido en la potencia dominante en la región. Todo ello desencadenó un proceso de negociación que culminaría con la firma de los Acuerdos de paz de París en 1991 entre las cuatro partes del conflicto.

Debido a las presiones de la ONU, el primer ministro Hun Sen se vio obligado a renunciar a su exigencia de juzgar a los responsables del genocidio de la Kampuchea Democrática para poder negociar la paz. Los acuerdos estipulaban la formación de un Consejo Nacional Supremo provisional integrado por representantes de todas las partes, el compromiso de las facciones en conflicto a desarmarse y la convocatoria de unas elecciones en el año 1993 en las que tendrían derecho a participar todas las partes del conflicto, todo ello bajo la autoridad provisional de la ONU, a través de una agencia especial creada para la ocasión: la UNTAC.

Sin embargo, los jemeres rojos, tras firmar los acuerdos en París y probablemente previendo una derrota en las urnas, se negaron a entregar las armas y decidieron boicotear las elecciones. Durante los meses anteriores a la votación lanzaron varios ataques contra el Gobierno, los efectivos de la ONU e incluso contra civiles. En el peor de todos, mataron a treinta y tres pescadores vietnamitas (entre ellos diez niños) en el lago de Tonle Sap tres meses antes de los comicios.

Finalmente, ganó las elecciones el FUNCINPEC de Norodom Sihanouk por mayoría simple, pero el Partido del Pueblo Camboyano de Hun Sen se negó a reconocer los resultados y obligó a instaurar un Gobierno de coalición con dos primeros ministros: él y el hijo de Sihanouk, Norodom Ranariddh. En cualquier caso, las elecciones supusieron el principio del fin de los jemeres rojos y, aunque aún tardarían algunos años en desaparecer como fuerza política, fue entonces cuando comenzaron a perder sus apoyos entre la comunidad internacional.

Al año siguiente, el Congreso de Estados Unidos aprobó la llamada “Cambodian Genocide Justice Act”, que declaraba que la política de Estados Unidos era “apoyar cualquier intento de llevar ante la justicia a los miembros de los jemeres rojos por los crímenes contra la humanidad cometidos en Camboya entre el 17 de abril de 1975 y el 7 de enero de 1979”, lo que excluía los períodos comprendidos entre 1970 y 1975 (cuando Estados Unidos bombardeó ilegalmente Camboya matando a centenares de miles de civiles) y entre 1979 y 1989 (cuando apoyó activamente a los jemeres rojos). La ley que establecería diez años después [pdf] el tribunal que ahora está juzgando a los altos cargos de la Kampuchea Democrática también determina los mismos límites: el tribunal sólo tiene potestad para juzgar a camboyanos por los crímenes contra la humanidad cometidos durante el periodo en el que el país estuvo cerrado a cal y canto.

Pese a todo, los jemeres rojos aún plantarían batalla al Gobierno camboyano durante al menos dos años más y no se desmantelaría totalmente hasta 1999. En 1996, el ex ministro de Asuntos Exteriores de la Kampuchea Democrática, Ieng Sary, se entregó al Gobierno con las guerrilleros a su mando, lo que supuso un golpe mortal para los jemeres rojos. A cambio, Norodom Sihanouk concedió una amnistía real a Ieng Sary, que había sido condenado a muerte in absentia en 1979 por un tribunal del Gobierno de Heng Samrin, y a sus hombres, muchos de los cuales pasaron a formar parte del ejército regular del Gobierno de Hun Sen.

Ieng Sary es ahora uno de los cuatro acusados que han de comparecer ante el tribunal internacional mixto creado por la ONU y el Gobierno de Camboya en 2004 tras siete años de duras negociaciones. Otros importantes líderes de la Kampuchea Democrática nunca llegaron a comparecer ante la justicia. Son Sen, el viceprimer ministro y ministro de Defensa de la Kampuchea Democrática, fue ejecutado en 1997 junto a diez miembros de su familia por orden de Pol Pot, que sospechaba que pretendía traicionarle. El propio Pol Pot, el máximo responsable del genocidio camboyano, murió el 15 de abril de 1998 en su cama, cuando se encontraba bajo arresto domiciliario tras un juicio celebrado en el último bastión de los jemeres rojos, por el asesinato de Son Sen y su familia. Unas horas antes, la emisora Voice of America, que Pol Pot escuchaba todos los días, dio la noticia de que los jemeres rojos habían anunciado su intención de entregarle para que le juzgara un tribunal internacional.

Bibliografía:

-Nayan Chanda: Brother Enemy: The War after the War. A History of Indochina since the fall of Saigon

-David Chandler: Brother Number One: A political Biography of Pol Pot

-Ben Kiernan: The Pol Pot Regime: Race, Power and Genocide in Cambodia under the Khmer Rouge, 1975-79

-Marilyn Young: The Vietnam Wars. 1945-1990